SAL A LA CALLE Y ENAMÓRATE MIL VECES
Cuando no me follaba a la rubia, iba a casa de la morena. Cuando no estaba en la casa de la morena ni de la rubia, estaba escribiendo, paseando a la perra o trabajando. Hasta que la morena, descubrió la existencia de la rubia. Me gritó con mucha rabia, me pegó, insultó, chilló indignada: como si yo estuviera haciendo algo malo en la habitación de la casa de la rubia: planeando atentados donde murieran niños, estrangulando ancianos, vendiendo medicinas en mal estado a países del tercer mundo. Lo único que hacía con la rubia era encerrarme en una habitación: dándole besos, haciéndole el amor: entregando y recibiendo caricias. La morena no tenía derecho a gritarme de ese modo: como si yo fuera un criminal: simplemente, hacía el amor a otra persona: un asunto precioso, delicado, lleno de sudor, orgasmos y furia: maravilloso. No entendí el escupitajo que la morena soltó sobre mi cara con desprecio, como si yo fuera una persona muy oscura y malvada cuando descubrió que follaba también con otra persona: hubiera entendido, merecido esa bofetada, si me la hubiera dado por mis escritos, por lo mal que escribo: o por pasar más de 8 horas en una oficina, haciendo un trabajo que no me gusta: o si la rubia hubiera tenido 7 años en lugar de veintitrés: pero no por hacer el amor con tanto cariño y atención con una chica que era maravillosa y a la que también amaba.
-Nunca te dije que te amaba a ti sola –le hablé- Eso es imposible, estúpido y enfermizo.
-Eres un cerdo, un depravado, un salido –contestó ella con dureza- Si no te follas a todo lo que se mueve, no estás tranquilo.
Y yo me subí a mi estrella y desaparecí en el mundo de fantasía y perfección desde el que os escribo.
Posted: September 7th, 2007 under Vida personal, Historias.
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