1
Desde su nacimiento, Juan Buitre vive postrado en una cama. Treinta y dos años sin levantarse, inmovilizado, tomando drogas tranquilizantes que calman los latidos de su corazón. Si dejara de tomar esas fuertes drogas, los médicos asegurarían su muerte: Juan Buitre sufre continuos e impredecibles ataques de adrenalina, que pretenden disparar su ritmo cardiaco hasta lo humanamente insoportable.Hoy, Juan Buitre, tras conocer la noticia de que su hermana gemela va a contraer matrimonio, ha decidido no seguir con vida. En el siguiente ataque de adrenalina que sufre no acciona el pulsador que inyectaría, dentro de su vena, los tranquilizantes que salvarían su vida.
-Voy a morir solo –reflexiona triste, en voz alta.
Y mira a través del cercano ventanal, que está situado a su derecha: porque busca, entre las mujeres que llegan al hospital, a alguna mujer que posea cierto parecido físico con su hermana: necesita fijar su vista en ella, imaginar que están juntos: morir mirándola, soñando que, al final, su hermana se convirtió en su esposa: siempre la amó, siempre la deseó, siempre calló tal horripilante secreto.
El corazón de Juan Buitre late con prisa, cada vez con mayor intensidad. Cierra los ojos y cree sentir el sabor de la muerte en su paladar. O quizá el sabor del terror. “Muerte, corazón”: más deprisa, mil pulsaciones por segundo. “¿Aun no estoy muerto?” La sensación es inaguantable: siente que va a partirse en dos, abrirse por la mitad. Como gesto involuntario, igual que si fuera accionado por una catapulta, Juan Buitre sale disparado de la cama: su cuerpo rompe el cristal del ventanal del mismo modo que lo hubiera hecho una gran piedra. Pero él flota, vuela.
Por el aíre. Vuela en el cielo azul y gris de la ciudad: porque, de su espalda, han salido unas inmensas alas de buitre blanco, imposibles. Asombrado, Juan Buitre sobre vuela los más altos edificios de la ciudad; las alas que le hace volar se mueven, con la misma naturalidad, que el inconsciente abre y cierra sus párpados. A los pocos minutos razona que, quizá, si desde pequeñito, no hubiera tomado las drogas que calmaban sus ataques de adrenalina no habría vivido 32 años postrado sobre una cama: sino nadando entre los cielos, conociendo los paisajes de todo el planeta: alimentándose de la misma forma que lo hacen las águilas.
Por esa bella vida perdida, Juan Buitre llora: una lágrima que se desliza por su mejilla y cae al vacío hasta, curiosamente, llegar a los labios de quien siempre ha amado y deseado en secreto de muerte y vergüenza: su hermana gemela, que mil metros más abajo, espera un autobús para reencontrarse con su prometido: con el que prepara una boda que, ya veremos más adelante, no llegará a celebrarse jamás.
2
Juan Buitre, oculto entre los árboles, espía a través de la ventana de un humilde hogar. Observa a una mujer muy delgada, de casi cuarenta años de edad. Ella no hace otra cosa más que pintar, como si estuviera en trance, cuadros que tienen como tema principal, ángeles arrodillados, demonios y castillos brillantes.
-¡Fantasías de mierda! -no deja de gritarle su marido- ¡Cursilerías propias de una adolescente, no de una madre que ha de cuidar de una niña de 5 años y ganar un sueldo! ¡Dormir y pintar, no haces nada más!
Cuando la delgada mujer no está pintando, cae agotada sobre la cama. Pasa más tiempo durmiendo -bajo un sueño muy profundo- que despierta. A la delgada pintora no le interesa este mundo: piensa que tiene que existir una lógica o algo más inteligente en algún otro lugar: que la sociedad creada por los hombres es tan vacía como el mito de Sísifo y su piedra: el sin sentido de subir, cada día, una piedra hasta la cima de una montaña, para tirarla al vacío al llegar y correr de nuevo, montaña abajo, con el propósito de volverla a subir y tirar, hasta el día que por fin llegue la muerte y haga justicia extinguiendo esa irrelevante forma de vida.
-Sísifo es cualquier persona que veo por la calle –asegura para sí la delgada mujer- y su piedra, el dinero, su sueldo.
La pintora viste con ropas viejas y gastadas, casi harapos. La rara vez que sale la calle, y entra en comercios o sucursales bancarias, la tratan como si fuera una basura debido a su vulgar aspecto físico, revelador de su bajo poder adquisitivo. Su marido continúa gritándole. Le recuerda que, con su sueldo, no llegan para pagar todas las facturas de la casa, que su hija y él necesitan que encuentre un trabajo: el marido pasa todo el día trabajando en un taller y, cuando llega por la noche, tras sufrir diarios y humillantes abusos laborales, encuentra a la hija de ambos desatendida, la casa sucia y a la delgada mujer, durmiendo o pintando.
-¡Tus cuadros nunca se venden! –continua gritando su marido- ¡Pasas el día pintando como una loca! ¡Otra vez que ni siquiera haces la cena a tu hija! ¡Si no fuera por los cuidados que le da mi madre, no sé qué habría sido de ella!
Llorando, su marido toma a la niña en brazos: comunica a la delgada pintora que va abandonarla. Hace tiempo que se está viendo con otra mujer que le ama, una compañera del taller. Ha decidido empezar una nueva vida a su lado: una vida junto a una persona seria y responsable: con la que poder seguir adelante: con la que poder pagar facturas y prosperar económicamente:
-Tú y yo nos conocimos cuando éramos muy jóvenes –gimotea el marido- Eras preciosa, mágica, tu mundo de fantasía y arte me parecía fascinante. Pero yo no he tenido otro remedio que madurar, a fuerza de luchar contra la vida. Pero tú no. Has seguido adelante a pesar de que sabes que eres un fracaso como artista. Una actitud como la tuya es entendible cuando se es joven; pero cuando se es un adulto resulta ridícula y enfermiza.
Ella le mira, acepta sus palabras, se acuesta en la cama. Y tapada por una sabana, le susurra:
-Tengo que dormir. Estoy agotada. Sé que tienes razón: pero no puedo ni dejar de pintar ni de dormir. No sé por qué. Vete con nuestra hija. Te comprendo y no te guardaré rencor. Tú la cuidarás mejor. Tengo que dormir. Déjame dormir.
A la vez que el marido cierra la puerta de su casa, para no regresar jamás, ella cierra sus ojos y queda dormida. La pintora delgada sabe que cuando los vuelva a abrir estará sola y sin dinero. Sabe que dentro de un tiempo la echarán de esa casa y estará viviendo en la calle. Sabe que su actitud es egoísta, auto destructiva: pero es que no puede hacer otra cosa: necesita pintar del mismo modo que cualquier persona necesita respirar. Incluso se avergüenza: porque un trocito de su corazón ha sonreído de felicidad al saber que, por lo menos por unos días, no habrá nadie en casa para molestarla: que podrá estar dedicada por completo a su arte, además de poder dormir sin sobresaltos.
Juan Buitre no deja de maravillarse porque, en otro plano, ve a mil ángeles arrodillados alrededor de la delgada pintora: cuando ella se mueve, ellos también: pero sin levantarse, arrastrando sus rodillas que sangran: ella es una cazadora de demonios: uno de los cargos más importantes de la otra dimensión: los ángeles la honran y alaban. La pintora no sabe nada de esto, es inconsciente de que cada vez que le entra sueño profundo es porque la necesitan urgentemente, porque la llaman desde el palacio brillante: es allí donde le otorgan las importantísimas misiones que evitan que el mundo de los humanos se transforme en un horrible infierno:
-Dentro de unas horas –le dicen en el castillo de cristal- un hombre maligno morirá: debes de partir a capturarlo en el momento justo de su muerte para, que este no escape del infierno y quede, escondido como fantasma, en el mundo de los hombres.
La delgada pintora, fea, inútil, en la vida real, es inconsciente de su paralela vida astral. Sólo sabe que en sueños ve cosas imposibles que necesita plasmar en su pintura: que si no saca esas imágenes de su interior, está segura de que perdería la cordura. Ayer, un tipo que se encontró por la calle le escupió a la cara y la llamó puta. Dentro de una semana, la echaran de esa casa y tendrá que dormir en la calle: la mujer delgada tendrá que pintar sus sueños sobre las baldosas de la acera: delimitando las formas con el carbón de papeles quemados o utilizando sangre que sacará de su propio cuerpo, auto lesionándose.
La pintora delgada será otra loca más sobre la acera de una gran ciudad que, al pasear, tendremos que evitar.
3
(la próxima semana el final de este relato)
Posted: August 22nd, 2007 under cuentos, Proyectos.
Comments: 54